miércoles, 15 de diciembre de 2010


Nos pasamos nuestra vida entera haciendo preguntas. Sobre cosas con importancia y otras tan poco trascendentales que no llegan a la parte del cerebro que almacena los recuerdos. Nos preguntamos sobre nuestro origen, nuestro lugar presente y la muerte que nos depara el futuro, maltratándonos de una forma masoquista e irracional hasta el punto en que perdemos un poco la cabeza.
O mucho.
Nos hacemos preguntas hasta que nos saturamos de información vacía, hasta que el cerebro está tan lleno de nada, que se hincha y nos colapsa el transcurso de nuestra rutina, de nuestros días. De nuestra vida.
Eso son las etapas de lucidez. Los seres racionales somos entes estúpidos, incoherentes y potencialmente dementes la mayor parte de nuestra vida. Excepto cuando nuestro cerebro se llena de información que no lleva a ninguna parte y, ¡pam! Reacciona.
El estrés trae irremediablemente a la tranquilidad. Un corazón que vive en la taquicardia acaba muriendo en la calma. Para el movimiento histérico para dejar paso a la pasividad. Y por algo se dice que en el momento de la muerte se desvelan todos los secretos de la vida, ¿no? Porque nuestro cerebro ha llegado a ese límite que le permite asimilarlos.
Todo el mundo dice de la vida que es un gran secreto. La ciencia, el espiritualismo, la religión, la muerte, Dios. Todo es un misterio que ningún ser humano es capaz de descifrar.
Falso.
El mundo es un rompecabezas de lo más simple. Son como esos con dibujos sin más complicación que unas pocas líneas de separación, con piezas tan grandes que es difícil entender como a alguien le cuesta tanto llegar a su resultado. Es un cuadro de dos por dos con menos de cincuenta piezas para unir. Pero los seres racionales somos de lo más idiotas y no logramos si quiera unir tres piezas en el sentido correcto.
Supongo que eso es un punto a favor de la muerte, ¿no? Que te das cuenta de que el sentido que tú siempre le has dado a la vida en realidad es la estupidez más grande que se te podría haber ocurrido. Te das cuenta de que te preocupaste por las cosas con menos importancia y dejaste a un lado las que más podrían haberte ayudado a ser feliz.
Pero eso es la muerte, o la vida. O quizás ambas. Es una frágil cuerda de violín viejo que, a pesar del polvo, suena tan bien como el primer día, pero que tu no tienes la menor idea de cómo llevar al cielo. Pero cuando la vida se te escapa de entre la carne y los huesos, cuando los labios exhalan su ultimo suspiro y tú eres capaz de ver salir tu espíritu por entre tus dientes, de repente tus dedos se hacen maestros y tocas las mejores notas que el mundo haya podido escuchar saliendo de un violín, creando al fin esa sinfonía que tiene todas las respuestas que estabas buscando.

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